En el mismo instante en que el ave se posó sobre el saliente, una diminuta piedra salió despedida. Como huyendo del lugar que anteriormente ocupaba, la piedra se precipitó al vacío, perforando las sombras de la cavidad.
Hasta ese momento había vivido junto con otras piedrecitas sobre una cornisa ínfima, creyéndose parte de ellas: como una única existencia, percibían del mismo modo el sonido lejano de la lluvia en el exterior, los crujidos de la propia caverna (que ocasionalmente se desperezaba) o el impacto de las gotas, que se deslizaban desde el techo de la bóveda, al caer contra la superficie de un pequeño lago, en el que se fundían.
Al verse arrancada de su hábitat y separada de las otras piedras, que ahora se diluían en la altura, comenzó a percibir sensaciones propias y únicas, distintas de las habituales. Fue entonces cuando tomó conciencia de su propio ser.
Girando sobre sí misma a medida que descendía, la piedra contemplaba con fascinación desplazarse el universo a su alrededor. En ningún caso atribuía este hecho al movimiento propio, pues no estaba habituada a la gravedad, de la que ahora era presa. Tras unos instantes de deliberación había concluido que, como consecuencia de algún extraño fenómeno, el lago de gotas aumentaba su tamaño, a la vez que mermaban la extraña ave, sus hermanas piedras e incluso la cornisa, reposo y sustento de su existencia.
Pero las sensaciones más sobrecogedoras sobrevinieron al estrellarse contra la superficie calma del lago y verse engullida por una miríada de gotas - algunas de las cuales lo celebraron salpicando al azar. El nuevo entorno se mostraba deformado, con partículas en suspensión, y se desplazaba lentamente. A estas primeras impresiones siguieron el frío, la humedad, el suave balanceo del agua y el reposo eterno sobre el fondo del lago.
Sumida en una profunda tristeza, la cornisa sintió caer la piedra como si fuera una lágrima. El cariño maternal que le guardaba quedaría reducido al recuerdo de los días pasados. En cambio, las otras piedrecitas permanecieron desconcertadas durante algún tiempo sin comprender lo ocurrido, hasta que acabaron por acostumbrarse al unísono, como un único ser.
Durante una infinidad de días, la piedra recordó el momento de su descenso como aquél en que adquirió identidad y pensamiento propios, y al reflexionar sobre su nuevo estado se percató de la importancia del cambio. Como no podía ser de otra manera, se sintió enormemente afortunada, aunque ocasionalmente padeciera una soledad indescriptible bajo el agua, lejos de su hogar junto a las otras piedras.
Hasta ese momento había vivido junto con otras piedrecitas sobre una cornisa ínfima, creyéndose parte de ellas: como una única existencia, percibían del mismo modo el sonido lejano de la lluvia en el exterior, los crujidos de la propia caverna (que ocasionalmente se desperezaba) o el impacto de las gotas, que se deslizaban desde el techo de la bóveda, al caer contra la superficie de un pequeño lago, en el que se fundían.
Al verse arrancada de su hábitat y separada de las otras piedras, que ahora se diluían en la altura, comenzó a percibir sensaciones propias y únicas, distintas de las habituales. Fue entonces cuando tomó conciencia de su propio ser.
Girando sobre sí misma a medida que descendía, la piedra contemplaba con fascinación desplazarse el universo a su alrededor. En ningún caso atribuía este hecho al movimiento propio, pues no estaba habituada a la gravedad, de la que ahora era presa. Tras unos instantes de deliberación había concluido que, como consecuencia de algún extraño fenómeno, el lago de gotas aumentaba su tamaño, a la vez que mermaban la extraña ave, sus hermanas piedras e incluso la cornisa, reposo y sustento de su existencia.
Pero las sensaciones más sobrecogedoras sobrevinieron al estrellarse contra la superficie calma del lago y verse engullida por una miríada de gotas - algunas de las cuales lo celebraron salpicando al azar. El nuevo entorno se mostraba deformado, con partículas en suspensión, y se desplazaba lentamente. A estas primeras impresiones siguieron el frío, la humedad, el suave balanceo del agua y el reposo eterno sobre el fondo del lago.
Sumida en una profunda tristeza, la cornisa sintió caer la piedra como si fuera una lágrima. El cariño maternal que le guardaba quedaría reducido al recuerdo de los días pasados. En cambio, las otras piedrecitas permanecieron desconcertadas durante algún tiempo sin comprender lo ocurrido, hasta que acabaron por acostumbrarse al unísono, como un único ser.
Durante una infinidad de días, la piedra recordó el momento de su descenso como aquél en que adquirió identidad y pensamiento propios, y al reflexionar sobre su nuevo estado se percató de la importancia del cambio. Como no podía ser de otra manera, se sintió enormemente afortunada, aunque ocasionalmente padeciera una soledad indescriptible bajo el agua, lejos de su hogar junto a las otras piedras.